Eros y el semiocapitalismo

//Eros y el semiocapitalismo

De acuerdo con Franco Berardi, los campos de batalla políticos bajo el actual régimen semiocapitalista son la sensibilidad y el erotismo. La sensibilidad es la capacidad de comprender las señales no verbales y no-verbalizables que son parte de la comunicación, la facultad de discernir lo indiscernible, aquello que es demasiado sutil como para poder ser digitalizado. La sensibilidad es la base de la empatía porque la comprensión entre humanos siempre ocurre a nivel epidérmico. Sin embargo, la sensibilidad se encuentra bajo la agresión sistemática del capitalismo: con la precarización de la vida y del trabajo y con la desaparición de la distinción entre tiempo de trabajo y tiempo vital, la vida social se somete a la hiperproductividad y a la competencia, extenuando la empatía y la solidaridad, generalizando el aislamiento y la soledad, intensificados por el incremento del ritmo de explotación de nuestros cerebros. Al tiempo que la comunicación cara a cara se va haciendo más escasa y el lenguaje se reduce a códigos sin ambigüedad o a mera información, se afirma que las nuevas tecnologías de información y comunicación bloquean la transmisión de valores e interfieren con la intimidad física. El hecho de que los dispositivos de comunicación digital faciliten la comunicación sin contacto cara a cara o que los teléfonos inteligentes anticipen lo que vas a escribir en un mensaje, también son causas de la crisis de empatía y comunicación. Podríamos incluso ligar la crisis de sensibilidad a la desaparición de significado del paisaje: en él, el cuerpo del otro aparece, no como un misterio, sino como un objeto imbuido de mismiedad. La aparición del cuerpo-como-objeto-mismo significa la erosión del otro como autrui, la borradura o degradación de su alteridad. La consecuencia de esto es el encuentro de un “yo” narcisista encerrado en un bucle reflejado en el otro, transformándolo en un espejo que meramente confirma el propio ego, atrapando al sujeto narcisista en la lógica del reconocimiento. (3) Si el otro es percibido meramente como objeto sexual imbuido de mismiedad, la “distancia originaria” al principio del ser humano y la cual constituye la condición trascendental de la posibilidad de alteridad, se deteriora. Es decir, la relación erótica presupone la asimetría y exterioridad del otro, una “distancia originaria” inherente a la alteridad, y que impide la reificación del otro como un “eso” intercambiable: la atopía. En su libro Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes plantea la atopía —la singularidad e irreductibilidad del ser amado— como la base de la relación erótica. La atopía significa que el otro es la figura de mi verdad, porque “el otro a quien amo es único, una imagen singular que ha venido milagrosamente a responder a la especificidad de mi deseo.” (4) La falta de atopía, tiene que ver con que la cultura contemporánea tiende a borrar la diferencia y la discontinuidad haciendo que todo sea homogéneo, continuo e idéntico, y deriva de la falta de posibilidad de seducción del otro. La consecuencia es que se pierde la otredad del otro a favor de diferencias superficiales consumibles. De ahí que sin alteridad, el otro, en tanto objeto sexual homogéneo, ya no es más un “tú”, sino objeto para ser consumido.

By | 2018-04-22T05:27:52+00:00 abril 19th, 2018|Blog|0 Comments