Mi historia es el gentilicio, de Grace Quintanilla

//Mi historia es el gentilicio, de Grace Quintanilla

“Eres tu historia”, respondió papá por teléfono a un reclamo juvenil que le hice por carta. Eran tiempos pre internet. La máxima me pareció una evasión inteligentilla para invertir responsabilidades, un cliché condescendiente ante mi enojo: me cayó como una sentencia inaceptable, así que la guardé en el cajón de enunciados que sirven para cualquier ocasión.

Y ocasiones sobraron.

​Vivía en Edimburgo, entonces más lejano que hoy: las cartas demoraban semanas en llegar a su destino y el teléfono era impagable. Esa distancia gestó una mexicanidad inusitada: en Escocia me descubrí tan extranjera como en México, pero irremediablemente mexicana. Nunca escuché tan sentidamente el mariachi, comí tantos huevos con mole, vestí coloridos huipiles o canté a Juanga: me instalé cínicamente y sin vergüenza en el exotismo, en el puritito cliché folklórico, pues. ¡Ajúa!

¿Qué me hace mexicana, más allá de mi sitio de nacimiento, y de portar un pasaporte con el escudo nacional repujado en el plástico verde-bandera de la portada?

Crecí con imágenes propias de diversas culturas. Fotos de mi abuela Ruth en Gettysburg, quien se casó con mi abuelo Luis, nacido mexicano en París. Las nupcias fueron en Washington, donde nació mexicano mi padre. Antes de llegar a México, a los 18, papá vivió en Francia, Rusia, Suiza y EU. Aprendió a hablar español en las minas en Durango, donde conoció a mi mamá, que bailaba en un cabaret. Él nunca nos habló en inglés y jamás logró dominar los subjuntivos.

Mi madre, mexicana de nacimiento, era hija de españoles. Mi abuela Tina, valenciana, llegó a Cuba desde España con una compañía de zarzuela y opereta, donde conoció a Luis, un bailarín mexicano por el que se quedó en las Américas. Viajaron de gira artística por Centroamérica y Venezuela en burro. Llegando a México renunció a la nacionalidad española para convertirse en ciudadana mexicana, de corazón. Con dos hijos y el padre bailarín residente en el manicomio, se vio obligada a volver a Cuba a trabajar. Ahí conoció a mi abuelo Alejandro, actor aragonés, a quien trajo a México en barco.

El álbum familiar es el atlas de mi mundo: una pangea personalísima que he ido trazando, donde México se dibuja a gran detalle por ser el territorio más explorado; su cartografía está conformada por grandes zonas de pavimento agrietado por raíces de árboles, escupido por señores de barrio, encharcado con emulsiones pestilentes de las pulquerías.

Crecer en el centro del DF en los setenta fue como crecer en cualquier centro de ciudad europea: aún residían unos cuantos comerciantes libaneses, judíos y españoles antes de que migraran a zonas más prósperas; los parques apenas tenían parches de pasto protegidos por barandales. En el atlas hay pocos lagos, montañas y mares. Son los menos.

Tristemente, salía poco del centro: a veces acompañaba a mi abuela a los estudios América o Churubusco cuando actuaba en películas. Íbamos tomadas de la mano a la oficina de telégrafos para transmitir mensajes a su hermana gemela si había algo digno de compartir:

ROBERTO GANÓ UN ARIEL.

CELEBRAMOS MI SANTO CON COCIDO.

ALEJANDRO MURIÓ.

ESTAMOS BIEN TRAS EL TEMBLOR.

Entonces, el telegrama era el Twitter; el chismógrafo, Snapchat; el periódico mural, Facebook; el álbum de estampas, Instagram. Esas redes, más que medios, se han convertido en su conjunto en mi espacio de pertenencia, afecto y contacto con quienes extraño, con colegas de trabajo, con personas que admiro, con los desconocidos de siempre.

uisiera reconocerme de nacionalidad interneteana. Va mejor con mi historia, propone una legitimidad más amplia que la de la soberanía de un estado. Las redes son el lugar donde mi patria no se delimita por territorios físicos, donde la pertenencia sigue lógicas más laxas de integración; un espacio donde las etiquetas mujer, güera, artista, cuarentona, madre, feminista, divorciada, clase media, no cargan el peso ni las expectativas físicas y culturales del gentilicio. Para ilustrar la formación de estereotipos, basta con añadir la nacionalidad a cada palabra: mujer mexicana, güera mexicana, artista mexicana, cuarentona mexicana,madre mexicana, feminista mexicana, divorciada mexicana, clase media mexicana.

El problema es que la nación de internet tampoco define mi origen. El sistema algoritmocrático perfila a sus ciudadanos como consumidores potenciales de “escriba aquí lo que desea adquirir“. Este sistema etiqueta con relativa eficiencia los gustos, las tendencias, los datos personales, pero sigue siendo limitado para dar cabida a los sueños de sus habitantes: esos que nada tienen que ver con comprar cosas, si no con alcanzar ideales forjados por nuestra historia.

Treinta años después, no recuerdo por qué estaba enojada con mi papá cuando me soltó la frase que ocupa este texto. Extraño no tenerlo en vida para hacerle el reclamo existencial en turno. Quisiera una de sus netas de una frase para mantenerme ocupada los siguientes años, resolviendo el acertijo de la vida.

Donde quiera que estoy, me preguntan mi nacionalidad. La respuesta hacia afuera es que soy mexicana, y la más honesta me la doy a mi misma: soy mihistoriana.

By | 2018-04-19T08:37:43+00:00 abril 19th, 2018|Blog|0 Comments